miércoles, 4 de mayo de 2016

LA CHICA SOBRE LA CALZADA

Autor: Martín A. Fernández Ch.
Fecha: 06/06/2016

Un domingo en la mañana, algo más de las siete, Juan invitó a sus hijos a que lo acompañaran a caminar al Parque del Este:

    ¡Vamos a caminar al parque!
  No papá, tú tardas mucho –dijo Toñito mientras jugaba en su celular y veía televisión al mismo tiempo, sentado en el piso, descalzo, y aún en pijama aunque se había levantado hace una hora.
  Papá, caminar es una ladilla –resaltó Vicky quien se acababa de levantar y estaba preparando su desayuno: cereal con leche.
    ¿Quieres decir que tu papá es una ladilla? ¡Sabes que me molesta esa palabra! –dijo Juan mirando a su hija directamente a sus ojos, arrugando su frente y alzando el tono de su voz.
     No te quise ofender papá, es que me da mucho fastidio salir, además aún estoy dormida.
–  ¡Vamos!, es solo un rato, en una hora estamos de vuelta. Así compartimos y conversamos.
  ¡Si un rato! Jaja, siempre dices lo mismo papá –señala Toñito en tono de reproche y torciendo la mirada hacia arriba.     ¡Con una condición! ¡Si me compras un refresco de colita! –dice emocionado levantando la mano con su dedo índice señalando al techo, como señal de su ocurrencia.
  Y yo quiero una cotufa – secunda rápidamente Vicky, alegrando su semblante con una sonrisa cómplice y mirando a su padre.
     La idea es hacer algo de ejercicio y ustedes… ¡está bien!, vístanse rápido.

Juan tenía la rutina de salir casi todas las mañanas a caminar al parque, vivía a cinco cuadras. Salía de su apartamento, le daba una vuelta y regresaba, esta ruta normalmente lo hacía en una hora. A veces, se conseguía con un amigo en el camino y, cuando la conversación era amena, acompañado le daba una vuelta adicional. El médico le había recomendado ejercitarse todos los días para mejorar su nivel de colesterol “bueno”, un problema que lo tenía preocupado. La intención de salir con sus hijos era ir creando en ellos el hábito de cuidarse físicamente y, además, ponerse al día sobre sus vidas, ya que estaban pasando unas vacaciones juntos, puesto que los niños viven con su madre en otra ciudad.

En ese trayecto de costumbre, justamente al pasar por el frente del Centro Comercial Plaza, Juan y sus hijos vieron a una mujer tirada en el medio de la calle, boca abajo, de unos treinta años, su cabello era negro y su piel morena, vestía con camisa y pantalón, tenía puesto zapatos de tacón alto. Había dos policías cuidándola, uno desviaba el  tránsito para que no la pisaran, y el otro, parado a su lado, la miraba mientras hablaba por su celular.

     ¿Qué le pasó a esa mujer? –preguntó Vicky con cierto susto en su voz.
     ¿Qué le pasó? –dijo enseguida Toñito aterrado y agarrando con cierta fuerza la mano de su padre.
    ¡No sé!,  habría que preguntar –. Conociendo el lugar y lo temprano del día, Juan se imaginó lo que probablemente le había pasado a la mujer, pero no se atrevía a hacer ese tipo de conjeturas a los niños.
     ¿Estará muerta? –se aventuró a decir Toñito, quien seguía aferrado a la mano.
    ¡No está muerta! –le respondió Vicky pero mostrando inseguridad. Se tomó una pausa para pensar y se le ocurrió una razón válida para ella: – ¡No ves que no hay sangre en el piso!, Yo creo que se desmayó.
    Tú piensa lo que quieras, a mí me parece que está muerta –insistió Toñito, haciéndole una seña a su hermana, como haciendo entender que es una locura su idea.
      Papi, ¿Los policías por qué no la ayudan? –preguntó Vicky.
  Por lo mismo que discuten ustedes. Ellos no saben lo que tiene la chica. Seguro llamaron a los paramédicos para que vengan a verla. Me parece que no está muerta, si no tendría la cabeza cubierta con un paño, esa es la costumbre –les respondió Juan con mucha cautela en sus palabras.
     ¿Vamos a preguntarle a los policías? –propone Vicky.
     Pregunta tú, a mí me da pena –respondió Toñito mirando directo al rostro de su hermana.
    Hagamos algo, vamos a seguir caminando, y al regreso les preguntamos –dijo Juan con el propósito de huir de una posible respuesta que coincidiera con su sospecha, y que luego tendría que dar explicaciones de adulto a sus hijos.

FIN

LOS NAUFRAGOS

Autor: Martín A. Fernández C.
Fecha: 04/05/2016

En algún momento de nuestras vidas hemos retado a la naturaleza, por gallardía, por estupidez o por simple capricho sólo para contradecirla y mostrarnos superiores. Pero no nos damos cuenta, que esa falta de respeto es un alto riesgo y que en ocasiones podemos acercarnos o encontrarnos con la muerte. Un elemento de la naturaleza que merece inmenso respeto es el mar, donde se esconden infinitos misterios como son las corrientes marinas y la influencia de los vientos, fenómenos invisibles que actúan discretamente para darle vida y hacer sentir que es un ser pensante.

En una ocasión, hace más de 29 años, cuando el merengue y la música disco estaban de moda,  casualmente un 28 de diciembre, Carlos se divertía con un grupo de amigos de infancia en una playa llamada La Punta, que se ubica en la entrada del pueblo Los Caracas, en el Litoral Central. El día era de sol picante, de ese que muchos aprovechan para oscurecer su piel, sin importarles pertenecer en un futuro al grupo mundial de los 3 millones de casos anuales de cáncer de piel.

Durante la mañana, Carlos y dos de sus amigos: Juan y Alejandro, por casi una hora, se ejercitaron practicando Lucha Canaria, un tipo de deporte antiguo nativo de las Islas Canarias, sobre el cual se dice que en 1527 se realizó una luchada para celebrar el nacimiento de Felipe II.  Este buen entrenamiento produjo mella en sus condiciones físicas, pero la juventud siempre reserva fuerzas insospechadas para seguir una juerga playera.

Alejandro también practicaba windsurf, un deporte que empezaba a tener auge en Venezuela, lo cual hacía los fines de semana y en vacaciones de verano, llevando el equipo sobre el techo de su Malibú Classic Chevrolet del año 76, color azul, desteñido por el tiempo. En esa época  la tabla era de 3,20 metros de eslora, pesaba más de 20 Kg y estaba construida con fibra de vidrio. Su tecnología era incipiente si se compara con los equipos modernos: eslora hasta 2 metros, peso menor a 7 Kg y hecha con fibra de carbono, kevlar, cerámica, madera y espuma de poliestireno. Aunque la velocidad que desarrollaba no era sorprendente, en comparación con los 90 Km/h que pueden desarrollar los nuevos equipos, el gusto y furor por este deporte tiene que ver con la lucha en solitario contra la naturaleza, la sensación de libertad y la conexión estrecha y directa entre la mente, cuerpo y naturaleza (el viento y las corrientes marinas), a través del equipo de windsurf como mediador.

Para el momento en que el Sol quemaba desde el cenit, Alejandro quiso navegar en su windsurf y pidió ayuda a los amigos para armarlo mar adentro, debido a que el intenso oleaje impedía hacerlo en la misma orilla. La playa donde estaban, no tenía las mejores condiciones para este tipo de deporte, en contraste con el surf para lo cual era perfecta, así que se distribuyeron las partes del equipo: Alejandro se acostó sobre la tabla y remó con los brazos hasta mar adentro, luego del nacimiento de las olas; Carlos nadó cargando con el “pié de mástil” y “la Orza” (pieza que permite direccionar la navegación, va colocada por debajo de la tabla haciendo contacto con el agua y conectada al mástil) y Juan llevó el mástil, la vela y la botavara (vara amarrada a la vela donde el piloto se agarra para contener el viento y lograr el impulso para navegar).

Los tres se reunieron en lo hondo, en esa zona donde inicia el mar adentro. Luego de armar el rompecabezas de la nave, Juan quiso subir de polizón, acostándose sobre la popa de la tabla. Alejandro, luego de varios intentos, elevó el mástil halando de la driza (soga), tomó la botavara y orientó la vela para deslizarse rumbo al Noreste, colocándose con espalda a barlovento y así convertir, a través de la tensión de sus brazos, la fuerza del viento en impulso de navegación.

En ese mismo momento, Carlos estaba nadando para regresar a la playa, pero a pesar del esfuerzo no lograba avanzar. Él se encontraba en ese nivel donde nacen las olas, pero le era imposible montarse en la cresta de una de ellas para impulsarse a la orilla. Descansó un momento y luego volvió a intentarlo con más fuerza, pero había una corriente de resaca que lo abrazaba para regresarlo mar adentro. A pesar de sus destrezas como nadador y sus buenas condiciones físicas, le dolían los hombros de tantas brazadas que hizo, sintió que se le desprendían los brazos del torso. El agotamiento se apoderó de la voluntad de Carlos (es posible que el entrenamiento de la mañana le estuviese cobrando factura), el miedo y la desesperación se hicieron presentes, y hasta llegó a pensar que era su fin. Sus pensamientos eran incoherentes, se decía a sí mismo que estaba perdido y que era mejor dejarse hundir de una vez, en vez de sufrir la agobiante espera de la muerte. Esa masa de agua superficial aparentemente tranquila lo envolvía y lo paseaba a su capricho, se había enamorado de él y lo deseaba tener para siempre sin su consentimiento.

De pronto Carlos tuvo un destello divino en su pensamiento para sobrevivir: recordó que sus amigos se encontraban navegando y volteó a buscarlos. Vio que se encontraban cerca, como a unos 25 metros,  y les gritó para que lo auxiliaran. Al principio no lo veían, pero como pudo alzó un brazo para hacerles señas. Al encontrase con Alejandro y Juan, les contó que la corriente era muy fuerte y que no podía llegar a la playa. Juan pensó en nadar a la orilla, pero Carlos le hizo entender que era muy riesgoso.

Alejandro trató de navegar con Juan y Carlos recostados sobre la tabla, se colocó a babor procurando ceñir contra el viento en dirección Noreste, buscando el rumbo para salir por la playa vecina, pero las condiciones no los favorecían: escaso viento, el exceso de peso que provocaba el hundimiento de la proa y la fuerte corriente. El capitán siguió perseverando aplicando todas las maniobras posibles para avanzar, pero sus intentos fueron estériles,  así que decidió desmontar la vela y que los tres remaran con los brazos, pero nada se logró. Los tres amigos se sentaron con la tabla entre sus piernas, para esperar que la corriente marina los paseara en paralelo a la costa, hacia el Oeste, y así poder salir por alguna otra playa con mejor condición.

Allí estaban los náufragos a la deriva, no les quedaba otra que estar calmados y pacientes, sobre todo Carlos, quien sobrevivió a su agonía. Pasó un buen tiempo, las conversaciones entre Alejandro y Juan eran sobre cómo salir del agua. Carlos, por su parte, solo pensaba que estaba vivo y que ya no sería parte de las estadísticas de muertos por inmersión (causa poco relevante que no alcanza el 3% del total de defunciones), él prefería una muerte más típica.

Como a la media hora de estar tomando sol, un helicóptero sobrevoló a los náufragos, pero no se distinguía si era de rescate o de algún medio de comunicación, al final poco importaba tal distinción, “seguramente nos vieron” pensaron ellos; sin embargo, no se atrevieron a hacer señas de auxilio, prefirieron seguir a la deriva que hacer el ridículo. Pero gracias a los amigos que estaban en tierra, la Guardia Nacional se enteró de la emergencia.

Pasó otro buen rato y llegó un pequeño peñero a rescatarlos, tenía un motor fuera de borda y llevaba tres tripulantes. A los rescatistas se les ocurrió la idea de remolcar a los náufragos atando el windsurf con un mecate a la proa, puesto que en el bote no cabían todos. Carlos estaba acostado sobre la popa de la tabla con medio cuerpo en el agua, pero a medio camino del arrastre no aguantó el esfuerzo del agarre y se soltó, los hombros aún le seguían doliendo. Se volvió a montar y esta vez sí pudo resistir hasta llegar a la playa El Pescado, conocida en Los Caracas por tener una escultura de gran tamaño de una especie marina, parado en un pedestal sobre la arena. Allí los recibió un par de guardias nacionales y los montaron en un Jeep militar, de color verde aceituna y con techo de lona, para llevarlos al comando que se ubicaba en la entrada del pueblo, cerca de la alcabala. El guardia de mayor rango se dirigió a ellos y les dijo “ustedes son jóvenes y tienen mucho que dar a la patria, deben de cuidarse”, consejo que Carlos conservó para siempre.

En el comando, el guardia nacional a cargo anotó sus datos, los colocó en el patio a cielo abierto, uno al lado del otro como si fueran soldados, en posición erguida, con las manos atrás, y les dio un largo discurso, tanto o más tiempo del que estuvieron en el agua. El hombre era más bajo que los muchachos, pero fornido y mal encarado. Les habló de lo irresponsables que fueron, sobre el riesgo que tomaron, del peligro de la playa, de las historias de bañistas y surfistas ahogados, y otras situaciones más, que hacían preguntarse: “Entonces, ¿por qué dejan que se bañen en esa playa?” Los náufragos, descalzos y sin camisas, se cansaron de estar parados, pero no se atrevían a quejarse con el guardia por temor a un castigo mayor, quizás temieron un encierro en el calabozo por horas o, quien sabe, hasta el día siguiente. De la charla tan repetitiva e incoherente, los compadres de aventura llegaron a extrañar aquellos momentos en que se encontraban a la deriva, en calma, sólo esperando pacientemente que el manto de la corriente les permitiera salir más adelante en otra playa más dócil.


FIN

SABOR A CHOCOLATE

Autor: Martín A. Fernández Ch.
Fecha: 06/06/2016
Esa tarde, Fernando y su pequeño hijo salieron del colegio luego del desfile deportivo anual, que había durado toda la mañana. El calor era verdaderamente infernal y prefirieron pasar primero por una heladería para refrescarse, antes de llegar a la casa.
Al entrar al local sintieron un gran alivio por la frescura que había en su interior. El niño se le soltó de la mano y fue directo al mostrador para degustar los distintos sabores que ofrecían. Fernando lo siguió con la vista y pensó “Para nada, siempre termina escogiendo el sabor a chocolate”. Por curiosidad dio una mirada panorámica al área de las mesas y observó en el fondo a una persona que le estaba haciendo señas. Se sintió extrañado, dudaba que fuera con él y miró hacia atrás para chequear si era con otro, cuando le escuchó decir:
—¡Gaspar! —le llamó fuertemente la persona, que se encontraba sentado en la mesa en compañía de dos hermosas mujeres, algo más jóvenes que él.
Fernando lo volvió a mirar agudizando la vista para tratar de reconocerlo, pero sin éxito; aunque, el hecho de haberlo llamado por su segundo apellido le había dado una pista para ubicarlo en el tiempo y pensó: “Debe ser alguien del colegio”, ya que esa era una costumbre para identificarse en aquella época. La persona se levantó y alzó los brazos y fue cuando Fernando logró distinguirlo.
—¡Méndez, rata pelúa!, ¿qué es de tu vida chamo? —respondió Fernando gritando desde la distancia, despreocupado por si estaba alterando el orden o incomodando a alguien. Y se acercó a saludarlo con la camaradería de siempre.
Se trataba de un amigo de la infancia, que había estudiado con su hermano menor, pero que igual se la pasaban juntos la mayoría de las tardes, luego de las clases. Más recientemente habían coincidido en un postgrado. A pesar de la buena amistad, no se habían visto desde hace quince años.
—Méndez pana, dime una vaina, ¿Qué te hiciste? —dijo Fernando, que no salía del asombro con el aspecto actual de su amigo, quien estaba obeso y muy canoso para la edad que tenía.
—Me he descuidado un poco —le respondió seguido de una risa sarcástica y, acercándose disimuladamente, le susurró: —la buena vida  —lo que provocó una sonrisa cómplice en Fernando.
—Siempre el mismo, no cambias, gozando de lo lindo—comentó Fernando con voz galante y mirando con atrevimiento a una de las compañeras de Méndez, la de piel canela, fijándose en sus ojos verdes, quien se le reveló con una pícara sonrisa.  
La conversación de hermandad distrajo a Fernando de la razón por la cual estaba en la heladería, hasta olvidó a su hijo; seguía parado frente a su amigo en el medio de las mesas, sin importar lo que pasaba alrededor, poniéndose al día sobre las familias, donde vivían, el trabajo y recordando los compañeros de pandilla por sus apodos: Chapotín, Flash, Pichón de Poste y Cuartico e’ Leche.  Mientras lo escuchaba, recordaba con nostalgia los momentos que convivieron, aquellas aventuras de muchacho en el colegio, en el club, las playas, las veces que se fueron sin pagar las cervezas donde los chinos y otras maldades de adolescente.
—Dime una vaina marico, ¿te casaste? ¿Tienes hijos?  —le preguntó el amigo.
—Sí pana, tengo dos chamos, niño y niña, pero estoy divorciado. Por cierto, el carajito mío está por allí revisando los helados  —respondió Fernando, mientras se volteaba hacia el mostrador  señalándolo con la mano. En eso vio a su hijo que lo estaba llamando a gritos y haciéndole señas con los brazos.
—¡Verga, es una fotocopia tuya, chamo!  —le dijo el amigo riéndose a carcajadas —. Anda, atiéndelo antes de que se arreche, mira que estos niños de ahora son altaneros.
—Algunas veces me sacan la piedra y se me suelta la mano  —afirmó Fernando cambiando el semblante de su cara para darle seriedad a sus palabras.
Fernando se despidió de su amigo con un apretón de manos y con un intercambio de palmadas en los hombros, mirando a su hijo para mostrarle que ya iba por los helados. Luego, le dio una mirada nuevamente a la chica que le había impresionado, pero esta vez con mayor contemplación y sin importar que estuviese acompañada.
Cuando llegó al mostrador, acariciando la espalda de su niño, le preguntó:
—¿Qué sabor vas a querer?
—Adivina papi: ¡De chocolate!     

FIN

domingo, 20 de diciembre de 2015

LA HISTORIA ES LO MÁS IMPORTANTE

Martín Fernández, 20/12/2015

En mi interés por la escritura, he tenido la oportunidad de leer el Libro “Mientras Escribo” de Stephen King (segunda edición febrero 2004, traducción de Jofre Homedes Beutnagel, impreso en Venezuela por Editorial Melvin C.A. en septiembre de 2010), un texto con más de 300 páginas, el cual me prestaron, siendo ésto una ventaja porque no tuve que comprarlo y después acumularlo en mi biblioteca, pero la desventaja es que cuando leo para aprender acostumbro a subrayar y escribir notas al margen de las páginas, algo que no podía hacer en este caso. Así que se me ocurrió tomar notas en una libreta, para luego escribirlas en este texto y poder compartirlo con amigos que estén en mi misma sintonía. Mi intención no es sustituir el libro, más bien los invito a leerlo por completo.

De todos los consejos de Stephen, hubieron dos que me resaltaron: uno, quizás el más importante, es que la historia es lo más importante, que hay que concentrarse en el cuento y reducir a su mínima expresión los desvanes descriptivos; el otro, se refiere a que siempre tengamos lista nuestra caja de herramientas, haciendo similitud con un plomero o un mecánico, porque uno nunca sabe cuando va a necesitar una fórmula literaria (herramienta) que fortalezca nuestra historia.

A continuación se presentan unas cuantas citas textuales de consejos que Stephen escribe en dicho libro, las cuales considero que hay tener siempre presentes. Espero que lo disfruten.

Página 41
“Si no hay objeción, me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-séller Enterrados. Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen.”

Página 72
“Del poema también me gustó su ética del trabajo, señal que escribir poesía (o cuentos, o ensayos) tenía tanto que ver con fregar suelos como los episodios míticos de revelación. En A Raisin in The Sun, la novela de Lorraine Hansberry, hay un fragmento donde un personaje exclama:  «!Quiero volar! !Quiero tocar el Sol!», y su mujer le contesta: «Primero cómete los huevos fritos».”

Página 82
“...Escribir es una labor solitaria, y conviene tener a alguien que crea en tí. Tampoco es necesario que hagan discursos. Basta, normalmente, con que crean.”

Página 86
En relación con el aprendizaje que tuvo escribiendo Carrie White, Stephen dice:
“...Aprendí dos cosas: primero, que la impresión inicial del autor sobre el personaje o personajes puede ser tan errónea como la del lector. Segundo (pero no en importancia), darse cuenta de que es mala idea dejar algo a medias solo porque presente dificultades emocionales o imaginativas. A veces hay que seguir aunque no haya ganas. A veces se tiene la sensación de estar acumulando mierda, y al final sale algo bueno.”


Página 39
“Se empieza así: poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés.”

Página 119.
“El acto de escribir puede elaborarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.”

Página 129
“...Poner el vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo.”

Página 130
“...Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido, siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase. Si tienes dudas y te pones a pensar, alguna otra palabra saldrá (eso seguro, porque siempre hay otra), pero lo más probable es que sea peor que la primera, o menos ajustada a lo que querías decir.”

Página 133
“Una gramática defectuosa genera frases defectuosas.”
“La persona que tiene nociones básicas de gramática descubre en su núcleo una simplicidad reconfortante, donde lo único imprescindible son los nombres, palabras que designan, y los verbos, palabras que actúan.”

Página 137
“También te habrás fijado en que, partida en dos ideas, la idea original es mucho más fácil de entender. Es una manera de facilitarle las cosas al lector, y siempre hay que pensar primero en el lector; sin él solo eres una voz que pega rollos sin que la oiga nadie.”
“[...] desconfía del adverbio.”

Página 138
Sobre los adverbios, Stephen dice:
“[...] son como el diente de león. Uno en el cesped tiene gracia, queda bonito, pero como no lo arranques, al día siguiente encontrarás cinco, al otro cincuenta...y a partir de ahí, amigos míos, tendréis el cesped <<completamente>>, <<avasalladoramente>> cubierto de diente de león. Entonces los veréis como lo que son, malas hierbas, pero entonces, !ay!, entonces será demasiado tarde.”

Página 140
“La mejor manera de atribuir diálogos es <<dijo>>.”

Página 145
“Dentro de la narrativa, el párrafo está menos estructurado; en vez de melodía es ritmo. Cuanto más narrativa se lee, más se da uno cuenta de que los párrafos se forman solos. Como tiene que ser. Al escribir conviene no pensar demasiado en dónde empieza y termina el párrafo. El truco es dejar que siga su curso. Después, si no te gusta el resultado, lo arreglas y listo. Es lo que se llama revisar.”

Página 147
“...El lenguaje no está obligado a llevar permanentemente corbata y zapatos de cordones. El objetivo de la narrativa no es la corrección gramatical, sino poner cómodo al lector, contar una historia... y, dentro de lo posible, hacerle olvidar que está leyendo una historia [...] Escribir es seducir. La seducción tiene mucho que ver con hablar con gracia.”   

Página 158
Sobre la musa (Stephen le dice “muso“):
“...Existe un muso, pero no esperes que baje revoloteando y esparza polvos mágicos creativos sobre tu máquina de escribir u ordenador. Vive en el subsuelo. Es un habitante del sótano. Tendrás que bajar a su nivel y, cuando hayas llegado, amueblarle el piso. Digamos que te toca a tí sudar la gota gorda…”

Página 159
“Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo.”

Página 168
“...Cuando se escribe mejor (siempre, siempre, siempre) es cuando el escritor lo vive como una especie de juego inspirado. Yo, si quiero, puedo escribir a sangre fría, pero me gusta más cuando es algo fresco y quema tanto que casi no se puede tocar.”

Página 173
“...Llega el turno de la gran pregunta: ¿de qué escribirás? Y de una respuesta igual de grande: de lo que te dé la gana. Lo que sea…<<mientras cuentes la verdad>>.”

Página 174
Sobre qué escribir, Stephen sigue diciendo:
“...En mi opinión, lo que sería una pena es renegar de lo que conoces y te gusta…”

Página 176
“En general, la gente que compra libros no se guía por el mérito literario de una novela. Quieren una historia entretenida para el avión, algo que los cautive desde el principio, que los absorba y los impulse a girar la página. Esto, a mi juicio, ocurre cuando los lectores reconocen a los personajes, su comportamiento, su entorno y su manera de hablar. Una manera de que el lector se sienta dentro de la novela o el cuento es que oiga ecos muy fuertes de lo que vive y piensa. Mi opinión es que es imposible conseguir la conexión de manera premeditada, a base de estudios de mercado.”

Página 177
“Escribe lo que quieras, infúndele vida y singularízalo vertiendo tu experiencia personal de la vida, la amistad, las relaciones humanas, el sexo y el trabajo. Sobre todo el trabajo; no sé por qué, pero es así…”

Página 179
“ A mi modo de ver, todos los relatos y novelas consta de tres partes: la narración, que hace que se mueva la historia a A a B y por último hasta la Z, la descripción, que genera una realidad sensorial para el lector, y el diálogo, que da vida a los personajes a través de sus voces.
Te preguntarás dónde queda la trama. La respuesta (al menos la mía) es que en ninguna parte.”

Página 187
Sobre hacer argumentos, Stephen dice:
“...Ten presente que entre historia y esquema argumental hay una diferencia enorme. La primera es honrada y de fiar, mientras que el segundo es sospechoso y conviene someterlo a arresto domiciliario.”

Página 191
“La descripción convierte al lector en partícipe sensorial de la historia. A describir se aprende, que es una de las razones principales de que solo puedas hacerlo bien si lees y escribes mucho...Sólo aprenderás practicando.”

“El primer paso de la descripción es la visualización de lo que quieres hacer vivir al lector, y el último, trasladar a la página lo que ves en tu cabeza. Fácil, lo que se dice fácil, no es…”

“Una descripción insuficiente deja al lector perplejo y miope. El exceso de descripción lo abruma con detalles e imágenes. El truco es encontrar un buen punto medio. También es importante saber qué describir y qué descartar en el proceso principal, que es contar algo.”

Página 192
Sobre cuánto hay que describir, Stephen dice:
“...La descripción arranca en la imaginación del escritor, pero debería acabar en la del lector…”

“Para que el lector se sienta dentro de la historia, concedo más importancia al escenario y el ambiente que a la descripción de personajes.”

Página 194
“...Otra cosa importante que hay que recordar es que lo esencial no es el marco, sino la historia. No es aconsejable, ni en mi caso ni en el tuyo, hacer descripciones más frondosas de la cuenta solo porque sea fácil. No es esa la carne que hay que poner en el asador.”

Página 197
“Cuando un símil o metáfora no funciona, el resultado puede ser cómico o penoso. Hace poco leí esta frase en una novela que prefiero no nombrar: <<Se quedó sentado al lado del cadáver, impasible y aguardando al forense con la misma paciencia que si esperaba un sandwich de pavo>> Si hay una conexión esclarecedora, yo no la he captado. Por lo tanto, cerré el libro sin seguir leyendo…”

Página 198
“La clave de una buena descripción empieza por ver con claridad y acaba por escribir con claridad, mediante el uso de imágenes frescas y un vocabulario sencillo.”

Página 205
Sobre el diálogo y los personajes, Stephen dice:
“Se trata de dejar que hablen libremente todos los personajes, sin prestar atención a los criterios de la Legión de la Decencia.”

Página 216
“Truquitos y artilugios los hay de sobra…”

“Mi postura, en todos los casos, es muy sencilla. Lo tienes todo a tu disposición, y deberías usar cualquier artificio que mejore la calidad de lo que escribes sin interponerse en la historia. Si te gustan las aliteraciones…, no dudes en insertarlas y comprobar el efecto sobre el papel. Si parece que funciona, puede quedarse. Si no, para algo hay una tecla de borrar en el ordenador.”

Página 218
Sobre los simbolismos, Stephen dice:
“Si está y lo percibes, considero que deberías desenterrarlo con el mayor cuidado, pulirlo hasta que brille y tallarlo como hacen los joyeros con las piedras preciosas o semipreciosas.”

Página 220
“La capacidad de resumir y condensar es justamente lo que le da al simbolismo su interés, utilidad y, si se usa bien, capacidad de seducción. Podría decirse que es otra clase de lenguaje figurado.”

“¿Deduciremos que es imprescindible para que tenga éxito tu cuento o novela? Ni mucho menos. De hecho puede ser perjudicial, sobre todo si te dejas arrastrar. La función del simbolismo es adornar y enriquecer, no crear una sensación artificial de profundidad. Digámoslo claramente: los trucos de escritor no tienen nada que ver con la historia. Lo único que tiene que ver con la historia es la propia historia.”

Página 221
“...Yo creo que al releer (!y contar!) el original sabrás darte cuenta de si hay simbolismos. Si no lo hay, no intentes introducirlo a la fuerza. Si está, si queda clara su pertenencia al fósil que intentas desenterrar, apuesta por él. Poténcialo. Lo contrario sería ser tonto.”

Página 221
“...No es obligatorio que todos los libros rebosen simbolismo, ironía o musicalidad (por algo lo llaman prosa), pero soy de la opinión de que todos los libros (al menos los que vale la pena leer) hablan de algo. Durante la primera versión, o justo después de ella, tu obligación es decidir de qué habla el tuyo. Durante la segunda (o tercera, o cuarta) tienes otra: dejarlo más claro. Quizás te exija cambios o revisiones a gran escala, pero tú y el lector obtendréis el beneficio de una mayor nitidez y una mayor unidad del relato. Casi nunca falla.”

Página 233
Sobre la primera versión del libro y cuando deberías revisarlo para su corrección, Stephen dice:
“El tiempo de descanso que le concedas al libro (como cuando amasan el pan, lo dejan reposar y vuelven a amasarlo) depende exclusivamente de ti, pero considero que no debería bajar de seis semanas.”

Página 234
“Cuando haya llegado el día de la corrección [...], saca el original del cajón. Si parece una reliquia comprada en unos encantes que ni recuerdas, si te parece algo rarísimo, es que estas preparado.”

Página 235
Sobre la revisión de la historia, Stephen dice:
“Durante ella, la parte superior de mi cerebro piensa en la historia y en todo lo relacionado con la caja de herramientas: quitar pronombres cuyo antecedente no esté claro [...], añadir expresiones que aclaren el sentido y, claro está, eliminar por sistema los adverbios que puedan quitarse (que nunca son todos, ni suficientes).”

Página 251
Sobre la investigación que algunas historias requieren hacer, Stephen dice:
“Hazme un favor: sino tiene más remedio que investigar, porque hay partes de tu historia que tratan de cosas que conoces poco o nada, ten presente las palabras <<de fondo>>. Es donde le corresponde estar en la investigación: lo más al fondo que puedas ponerla.”

Página 255
Sobre la investigación, Stephen agrega:
“...En cuanto te sales de la norma del <<escribe de lo que sepas>> se vuelve inevitable investigar, y puede contribuir mucho a tu relato. Ahora bien, no pongas el carro delante de los bueyes. Acuérdate de que escribes una novela, no un ensayo. La historia siempre es lo primero.”

EL PODER DE UNA SONRISA

Martín Fernández 20/12/2015

¡Qué mejor regalo que una sonrisa! Esa acción que refleja un descanso momentáneo de la conciencia de sus avatares del día, para permitir que el alma destelle alegría, amor, buenos sentimientos, y todo aquello que signifique muestras de esperanza de un mundo mejor.

¡Qué sabroso es dar y recibir una sonrisa! Solo se necesita abrir nuestros corazones y desear a la persona todo lo mejor y al mismo tiempo decirle “Buenos días”, y de manera automática recibimos una respuesta de alegría, como agradeciendo la esperanza que hemos sembrado en su alma.

¡Qué nos cuesta una sonrisa! Es un pequeño esfuerzo de amabilidad que tiene un efecto multiplicador, solo se necesita unos segundos para transmitir esos buenos deseos y sonreír. No se trata de andar “pelando los dientes” a todo el mundo, pero esa amabilidad acompañada de dicho gesto facial no tiene precio.

¡Para recibir una sonrisa, hay que darla primero! Alguien tiene que dar el primer paso, pero no esperemos por el otro, porque puede ocurrir que los caminos se crucen sin hacerse sentir, entonces tomemos la iniciativa. Lo bueno es que siempre tendremos una buena respuesta, y mucho mejor sería si nos miramos a los ojos, puede suceder que descubramos algo más.


¡Aunque estemos en penumbra, una sonrisa ilumina el alma! Hay momentos que nos sentimos oscuros, sin ganas, derrotados, o como zombis que deambulamos por la calle rumbo al trabajo o de regreso cansados, y qué mejor regalo  es cuando recibimos una sonrisa, que no necesariamente tiene que ser de un conocido. Como la imagen de la Luna, que nos muestra su hermosura en la noche más oscura, ¿Por qué no reglamos sonrisas?, quien sabe y estamos salvando un alma perdida en su propia penumbra.

jueves, 22 de octubre de 2015

AMANECER

Por Martín Fernández, 21/10/2015

He visto amaneceres maravillosos, y seguramente existirán infinidad de ellos que no he tenido, ni tendré, oportunidad de disfrutar. Tan hermosos son, que llenan el alma y la rejuvenecen, luego del desgaste de mi cuerpo atormentado por una noche de solitaria espesura. Solo la compañía de tu ser frondoso se compara con dicha belleza, salvando mi alma de una profunda fisura, con solo el calor de tu cuerpo y de tus sedosos besos. Son tus abrazos los que calman mi tortura, cuando tus latidos susurran mi sueño y me sumergen en tu armonía. Presenciar el amanecer más maravilloso que pueda existir, tiene escaso sentido para mi vida, si en mis noches tu ausencia se impone, porque mi ser te ama con locura.


He visto amaneceres maravillosos, y seguramente veré algunos más; pero tu presencia absoluta en mi vida hace una gran diferencia, porque un amanecer es corto de tiempo, mientras que tu existencia en mi corazón es infinita. El día termina en el ocaso y da entrada a la sombra, transformándose la energía en un estado pasivo, siendo distinto tu presencia porque eres mi emoción intensa y perpetua. Por eso vivo sin miedo, sin sentir diferencias entre el día y la noche, porque vivo amándote siempre. 

lunes, 13 de julio de 2015

!BAJA LA TAPA DE LA POCETA!

Por Martín A. Fernández Ch. 11/07/2015


“Puedes pasar con confianza, va a verme limpiecita como un Sol, soy Yo, me aseo con limpiador de pocetas m.a.s., que desmancha más, que desinfecta más, que limpia más y no daña. Límpienos con limpiador de pocetas m.a.s.”


¿Cuándo nuestras mujeres entenderán que desde niños nos han engañado sobre la importancia de bajar la tapa de la poceta?. Esta publicidad, inolvidable por cierto, nos inculcó que la poceta habla y que además nos invita amablemente a visitarla para que apreciemos su brillantez, para lo cual, solo puede ser con la tapa arriba.

Entienda que nos programaron para eso desde muy temprana edad, en una época que las propagandas eran un entretenimiento fabuloso, hasta mejor que las novelas, series y películas refritas. En aquel entonces, la televisión era la mejor herramienta que nuestras madres tenían para mantenernos quietos y atontarnos para que nuestra inventiva estuviese en su mínima expresión, éramos víctimas de estos mensajes que solo tenían la intención de lavarnos el cerebro.

Ahora que somos adultos, o niños grandes como nos dicen ustedes, nos piden que reprogramemos nuestra conducta para mantener la tapa de la poceta abajo, como si fuera tan fácil. Dicha costumbre la tenemos incrustada en el tálamo, hipotálamo y la amígdala de nuestro cerebro, como una instrucción trivial y esencial para nuestras reacciones emocionales de supervivencia.

Sin intención de ofenderlas, ni mucho menos, a veces he llegado a pensar que sus reclamos tienen un tinte de envidia, el cual se origina por la gracia que Dios nos dió de poder orinar parados, siendo esto una fabulosa ventaja. Ahora bien, ¿Por qué esa rabia con nosotros?, ¿Qué culpa tenemos?, ¿Por qué tenemos que inclinarnos para levantar la tapa y al terminar volverla a cerrar?, ¿Por qué no van a quejarse con el creador?, quien seguramente les dirá que así como se comen las maduras, también les toca algunas verdes. Adicionalmente, como si no fuera suficiente dicha imposición, también nos piden que nos sentemos para orinar, es decir, que dejemos a un lado nuestra dignidad de “machos”, con el único propósito de hacernos sufrir como ustedes.

No pretendo con este escrito excusarnos por nuestra equivocada programación o pedirles que respeten nuestra naturaleza básica de “machos”, pero sería reconfortante un poquito de comprensión, que entiendan que tenemos baja capacidad de seguir instrucciones (sobre todo las que vienen de ustedes), que el orden y la limpieza no es nuestro fuerte, en fin, que definitivamente no hayamos razón alguna por la cual debemos mantener abajo la tapa de la poceta. Sin embargo, somos tan nobles que doblegamos para complacerlas, simplemente porque las amamos y, después de todo, estamos seguros que lo hacen con buena intención, ¿No es así?.